Buscando pegamento a tus pedazos, II: No me olvides.

No me olvides porque te quiero. No me olvides porque una vez te hice daño. No me olvides porque el olvido significa un adiós. Y los dos sabemos que no se nos dan bien las despedidas.

Te necesito esta noche. Te necesito esta noche, la mañana siguiente y la siguiente de la siguiente. Te necesito como Julieta a su Romeo, como Desdémona a su Otelo, como Hermia a su Lisandro. Te necesito tan fuerte como él lo entendería. Te necesito porque solo tú sabes a quién me refiero. Te necesito porque no quiero olvidarte. Te necesito porque no quiero perderte. No quiero buscarte y no encontrarte.

No quiero perderme. Que, por muy lejos que me vaya esta noche, no me olviden tus brazos y me perdonen sin miedo, sin descanso. Que, por mucho que me odies y caiga la nieve, no me deje tu rastro descalzo. Solitario. Que, por mucho que te añore, no me olviden tus labios, susurrando «no te alejes, aún te quiero».

Y, aun sabiendo el delirio, lloviendo en mi presente, te dejo desordenado entre las sábanas. Te dejo dormido. Te dejo olvidado. Perdido. Y mientras, acompañando cada uno de mis pasos, todas las malas decisiones que tomé y que tomamos, todos los momentos en que la cagué y en que la cagamos… todo me acompaña, todo, y me recuerda lo que hice mal, lo que hicimos mal. Y, aún así, no puedo hacer nada porque te quiero. Y, precisamente porque te quiero, no puedo hacer nada. Pero por eso te lo pido, porque te quiero: no me olvides.

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Buscando pegamento a tus pedazos, I: Perdóname.

Perdóname por los tormentos. Perdóname por las franquezas. Perdóname por las mañanas y los cuentos. Perdóname por mis celos, perdóname por tus grietas. Perdóname los días al sol, las noches en vela, las sábanas revueltas y las lunas cubiertas. Perdóname las horas y los días. Los lunes de enero y los martes de febrero. Perdóname los años, perdóname el tiempo. Veloz las veces, lento por momentos. Sobre todo, perdóname el tiempo.

Perdona mis sonrisas, perdóname tus risas, las que sonaron más alto de lo que debían y las que parecieron tímidas. Perdona mi paciencia, perdóname tus nervios. Perdóname todas las mantas, las que esconden secretos creados en invierno. Perdóname todas las mentiras, las que escondían contrarios a su paso. Perdóname las caricias, llevadas a destiempo. Perdóname tus besos, sin fronteras. Perdóname las lluvias, los paraguas rotos y los que olvidamos en abril. Perdóname las peleas, los gritos, las miradas, las montañas de emociones y los besos. Conciliadores, reveladores y arrepentidos. Sobre todo, perdóname los besos.

Perdona mis ojos, perdóname tu pelo, enredado y revuelto. Perdóname por querernos y matarnos. Perdóname las comedias románticas, perdóname las de terror. Perdona mis manías, perdóname tus manías. Perdona mis tardes de manta y peli. Perdóname tus tardes de ciudades nuevas. Perdóname los viajes, las idas, las venidas, las vueltas sin rumbo a ningún lugar. Perdóname el cielo, las estrellas de la noche. Perdona mis pies fríos, perdóname los saltos en la almohada. Perdóname las veces que, dormida, interrumpí tu sueño; las veces que, soñando, desperté tus miedos; las veces que, sin saberlo, te hice daño. Perdóname las noches. Perdóname las velas encendidas y las flores en el baño. Perdóname los bailes, a Sinatra, siempre acertado. Perdóname los abrazos, apretados y necesitados. Sobre todo, perdóname los abrazos.

Perdona que te escriba. Perdona que antes no lo hiciera. Perdóname por mis faltas. Perdóname por tus tildes. Perdona mis repeticiones. Perdóname tu perfecta ortografía. Perdóname tus comas y perdona mis puntos. Finales. Sobre todo, perdóname los finales.

Who is Olivia Mars?

This is an English version of the Spanish one.

Who is Olivia Mars? That’s something I’ve been asking myself for a long time now. It is as easy as saying that, right now, Olivia Mars is the one who is sitting in front of the screen writing this as a presentation folder. For a while, Olivia Mars was just a product of my imagination, a common character inside a story I started and that I haven’t finished yet; but nowadays Olivia Mars has as much of me and has become in something or someone that important to me, that I could not say that she is someone else but me. So, let’s say that Olivia Mars is me.

Is there any way to describe Olivia? Of course there is. I made Olivia thinking about what I would have liked to be in that moment, something that, although it seemed to be completely impossible, I knew I could reach with some effort. Olivia seemed to be the opposite of me, something completely out of reach, but not anymore. There was a time in which the character of Olivia was the way I had to show how I really was with no fear of someone who tell me that it was wrong. Olivia was my shadow or, maybe, I was Olivia’s shadow. Am I regretting that? Nop. I’ve learnt to accept that each one has their own past that has taken them to be who they are now. Maybe they like themselves, or maybe not. But what I have realised through this process is that nobody is going to change for you. That’s why I decided not to be Olivia’s shadow but she being mine. When I reached that, I just needed to accept her as a part of me, someone who had made me be who I wanted to be, the help I needed and the bravery I lacked. She was a part of me the same or more as I was part of her. That is why I don’t see a better tribute to my past than giving this name to what I am now, what I have become. I took the character out of the story and gave him his own story to live. Now, I am Olivia.

Someone told me once that people are changing beings, who need to change in their life as a pokemon does. There’s no predetermined way of change, there’s no a concrete pattern, but all of us complete our own circle one way or another, one moment or another. They told me that the path to follow was not that easier, that there is always something in the middle you have to push away to reach your goals. Well, my goal is kind of blurred yet, who am I trying to trick? But maybe, writing this helps me to identify what am I looking for. Some say that subconscious was very much intelligent than ourselves, and I wouldn’t be surprised if the impulse that took me to write this has been because of the subconscious’ influence in my conscious ‘me’. I think I have changed, I have changed physically and psychologically, and that have given me the capacity of believe in myself, capacity that I didn’t know I had. It might be that the change I consciously feel be the fact of embrace Olivia, the fact of union to her in a battle my mind fights against my fears. Olivia was the hidden ‘me’, the one that, unconsciously, wanted to light up. Olivia is the part of me that has changed, the one who, consciously, has left out from its hideout to win the war. So, Olivia is me.

Getting back to the beginning and as a conclusion of this -probably disastrous- presentation folder, I have to say that Olivia Mars is my past, my present and my future. Olivia Mars is the bravery, the strength, the integrity and the passion. She is the memory of what it was and what it is not anymore. Olivia Mars was what I had to deal with, and now she is my most precious award. Olivia is and was a dot in my life, a dot followed by another that, finally, made their way to become a straight line with no end on sight. It was then when I knew it: it was now or never. And I chose to be now. I am Olivia Mars.

Soñar Despierto

Antes de que comiences: Este texto ha sido creado a partir de otros dos diferentes con motivo de un concurso de escritura. Por tanto, si hay trozos que recuerdas haber leído antes, es cierto, está creado a partir de trozos de otros escritos. -Olivia.

 

Los diccionarios hablan del amor como un “sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro con otro ser” que le complete. Yo ya amaba los libros cuando lo vi por primera vez. No tardé mucho en amarlo a él.

Era totalmente fan de la novela policíaca, sin duda fue uno de los motivos para hacer una carrera de literatura. Quería una vida entera dedicada al libro, aunque no fuese lo suficientemente buena con la creación de ellos. Puede que él me ayudase en eso. Puede que él fuera el primer obstáculo que tenía que pasar. Solía pasarme mucho tiempo en la biblioteca municipal. Cada día encontraba algo nuevo en ella que llamaba mi atención, cada día aparecía un tomo nuevo en la sección de novedades.

Fue ahí donde lo conocí.

Nunca supe su nombre, sólo que lo llamaban Marte. Era un chico excepcional. En ese momento, yo tenía veintiuno y él veinticinco. Era muy inteligente, parecía no tener control a la hora de devorar las palabras y tenía un ingenio especial para descubrir asesinos casi al principio del libro. Quizá por eso costó tanto que lo encontrasen. Era muy avispado. Constantemente me fijaba en él, algo que me era totalmente inevitable. Supongo que tuvo curiosidad, sobre todo cuando empezamos a vernos cada vez más a menudo.  Vi que era más alto que yo, con el pelo castaño, liso, generalmente peinado hacia atrás, de largo hasta la barbilla. Sus ojos fueron los que me perdieron. Parecía que podía ver el mar en ellos. Tenía facciones definidas y la barba sumaba, claro está. No era prominente, tampoco una sombra, lo suficiente como para derrochar poder a cada paso. Su piel no era pálida, aunque tampoco estaba bronceada. Músculos marcados, definidos. Parecía perfecto, simpático, con un toque de chulería que atraía a su encuentro. Me atrajo sin piedad. Cruzamos miradas, varias. Nunca dijimos nada.

Llegaron los exámenes y cambié la biblioteca municipal por la biblioteca de la facultad. Quiso el destino que él también estuviera allí. Coincidimos y pasó como siempre: sin palabras, sólo miradas. Hubo un momento en el que comencé a pensar que cada vez nos atraíamos más. Ya no sabía si era la atracción que él desprendía o el hecho de que cada vez hubiese más gente y menos mesas en la sala.

Un día sonrió en mi dirección y me di cuenta de que no había más sitio que donde él se encontraba. Me senté, no quise levantar la mirada. A partir de ahí, conseguí ir directamente a su mesa y sentarme a su lado cada día. Nunca puso pega. Empecé a verlo por los pasillos, entre la gran masa de gente que se movía en dirección a sus clases. El mejor momento, sin duda, era cuando el timbre sonaba: la gente salía de nuestra vista y sólo quedábamos él y yo, justo antes de desparecer tras las puertas tal y como el resto había hecho antes. Pero esos segundos, esos simples segundos, parecían horas a su lado. Todo sin decir nada.

Un día encontré valor de donde no sabía que tenía y le hablé. Aún me parece mentira cómo congeniamos. Una de esas tardes estuvimos hablando por horas. Todo empezó en ese momento. Nunca pensé que fuese a durar lo que duró. Era dulce y gracioso, totalmente hermoso en su simplicidad. Nunca había pensado que alguien podría llegar a gustarme tanto en tan poco tiempo. Y ese poco tiempo fue lo que nos pasó. Y con él nuestros “quizás”. Parece mentira que el final de algo llegue de una manera tan rápida y abrupta. Siempre me ha ocurrido que, cuanto más me gusta lo que hago, más rápido pasa el tiempo, pero nunca en este sentido. Siempre lo he visto venir. Había pasado apenas una semana y me aventuraba, joven e ilusa, a decir que aquello era amor. Era el último día de exámenes y cada uno volvería a su casa. Yo volvería en septiembre, pero sabía que para él era su último día de facultad. Terminaba el máster y, cuando fuese a presentar su trabajo final, yo estaría a más de mil kilómetros de él. Sabía que no lo volvería a ver. Tenía planes, muchos planes: Seattle, Londres, Zúrich, Roma… Melbourne. Ese era su último lugar y de todos ellos se llevaría un recuerdo.

Recuerdo perfectamente cómo me acompañó a casa después de un último café. No miré la hora cuando salimos del local, no me importaba. Solo quería seguir a su lado un poco más. Sabía que era el final, pero me negaba en rotundo a admitirlo. Ambos íbamos uno al lado del otro sin decir nada. Por mi mente sólo pasaba una cosa, pero tenía miedo. Un miedo mayor a no volver a verlo, quizás al arrepentimiento. Él paró poco antes de llegar al portal y me sonrió de la manera más dulce que jamás había visto.

-Espero algún día volver a verte, Marte. De verdad lo espero. –dije.

Fue ahí cuando lo supe: era un ahora o nunca. Y decidí que fuese ahora. Lo besé. Lo besé simplemente, con anhelo. Le estaba dejando ir. No quería mirarlo a los ojos, pero, una vez más, me atreví. Sólo estaban él, sus ojos y su sonrisa, mirando atento todos mis movimientos. Y en ese momento, fue él quien se acercó. Y fue un momento tan intenso y tierno a la vez que aún, todavía hoy, lo siento. Yo lo besé de la mejor forma que supe porque sabía que en ese beso no sólo iba mi adiós hacía él, sino también mi corazón. Se separó de mí y se acercó tiernamente a mis labios de nuevo. Acto seguido, me sonrió. Me acercó de nuevo a él y me abrazó.

Sé que nos volveremos a ver, Yves, quizás después de unos años. Ten por seguro que no serás la espina a medias que atasque mi memoria.

Recuerdo perfectamente todas y cada una de las palabras que susurró en mi oído antes de separarse de nuevo. En ese momento no comprendí lo que estaba diciendo. Probablemente no quería entenderlo. Todavía hoy me resulta extraño cómo terminaron las cosas. No hice nada más cuando besó suavemente mis labios y después mi frente. Me quedé ahí. No quería mirar cómo se marchaba porque algo me decía que no iba a volver.

Después de la despedida, cada uno volvió a su ciudad y siguió con su vida.  Nuestro amor siempre sería tan duradero como una estrella fugaz: totalmente cargado de promesas y esperanzas que nunca daría tiempo a cumplir. Después de cinco años vuelvo a pensar en él. Ahora no estoy tan segura de que no fuese a volver. En realidad, siempre estuvo ahí.

Sufrí bastante cuando se fue, eso no puedo –ni quiero- negarlo. Pero son momentos como estos en los que me pregunto por qué no me di cuenta antes. Todas las pruebas estaban ahí pero nunca les presté atención. Nunca pensé que tendrían importancia. Ahora me doy cuenta de que, de todas las cosas, él siempre tuvo razón en algo: siempre hay que fijarse en los detalles. Los grandes casos siempre se resuelven por los detalles. Pero yo, incauta en aquel entonces, decidí creer que, sólo por esa vez, todas las señales eran erróneas. Apenas dio tiempo de hacer todo lo que teníamos pensado hacer, pero algo sí que me quedó claro: nunca supe en realidad lo que escondían sus palabras. Nunca habló claro y yo nunca me percaté.

Lo miré de nuevo ahora, cinco años después. Nunca supe lo que Marte iba a ser después de marcharse. Cumplió lo que decía: se llevó recuerdos, trofeos, de todos y cada uno de los lugares que visitó y consiguió que todo el mundo conociera su nombre, su alias: Marte. Recuerdo la primera vez que lo cogí y, ahora que lo miro aún en una de las baldas de mi habitación, pienso en cuando lo dejé marchar, cuando lo vi por última vez. Quizás, que se haya caído de su sitio es otra señal, una que dice que ya es hora de que lo quite de ahí, otra señal para decir adiós. El problema es que él nunca dijo adiós. Cuando lo recogí del suelo, no pude evitar pensar en lo poco que en realidad lo había conocido. Ahora me doy cuenta de ello, nos habíamos convertido en eso: dos desconocidos sin ganas de volver a conocerse.

-¿Estás bien?

Levanté la mirada para ver a Jared en el marco de la puerta viéndome con él entre las manos. Recuerdo cuando lo leí por primera vez: ese momento en la biblioteca, todas las veces por los pasillos de la facultad, incluso entre exámenes. Aquel libro, Marte y todos los asesinatos que siguieron a aquel nombre; aquellos sueños tras haberlo leído… ¿Cómo pude llegar a enamorarme de un personaje de libro? ¿Cómo pude querer tantísimo a aquel asesino en serie que me atrapó con apenas unas palabras? Aquellos pensamientos siguen, aún hoy, presentes en mi cabeza, sobre todo cada vez que lo veo en la balda. Pensamientos totalmente provistos de materia de recuerdos. Materia que ahora deambula prácticamente olvidada. Creo que he sonreído por inercia. La misma que me lleva a todos esos recuerdos. Fue un gran libro. Apenas una semana, solo eso fue suficiente. Todo aquello fue suficiente para recordarlo de por vida, aunque siempre tendré la espina clavada de no percatarme antes de quién era Marte en realidad.

-¿Cuál es? –me preguntó.

-La pregunta correcta sería: ¿quién es? –Jared asintió comprendiendo.

-Entonces, ¿quién es? –preguntó ya a mi lado, observando su tapa.

-No lo sé, nunca le he conocido.

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Sombra del pasado

“A ti, que te enamoraste de mis alas y pretendiste cortarlas.” -Olivia Mars

 

Cuando tienes apenas quince años y tus padres te meten en una academia militar, tu primera reacción es gritarles: gritarles por querer alejarte, por querer llevarte lejos de todo y de todos. Y, después de, probablemente, haber dicho -gritado- cosas que no deberías, lo que haces es sentirte impotente.

La impotencia, técnicamente, es la falta de fuerza, poder o competencia para realizar una cosa, hacer que suceda o ponerle resistencia. Además, siempre está vinculada con la frustración, que es un sentimiento de tristeza, decepción y desilusión provocado por la incapacidad de satisfacer una necesidad o deseo. Según la personalidad del sujeto, se vive en varios y diferentes niveles y formas. Algunas personas muestran la impotencia o frustración mediante la ira, el enfado, llevándose a todo y todos por delante o apretando puños y dientes sin decir nada. Otros huyen del problema, evitan que se produzca o, una vez se ha producido, evitan estar cerca. Luego están los que sustituyen el sentimiento por uno que no les produzca angustia; y, por último, están los que lloran. A estos últimos, el momento les supera. De cualquier manera, todos ellos pierden el control y son incapaces de pensar con claridad durante ese momento.

Mi reacción ante tal noticia fue una completa mezcla de todas las posibles reacciones: les grité muchas cosas, de todo y nada bueno. Después de mi ataque de rabia llegó el gran discurso: «Ahora me dejáis más que claro que no os importo y que no me queréis. Si no me queréis, no sé para qué me tuvisteis. Ah, sí, para que cuando cumpliese los quince pudieseis joderme la vida, alejarme no solo de vosotros, sino también de mis amigos, de mis compañeros, de mi familia… me vais a enviar a una escuela militar fuera del estado solamente porque no queréis verme! ¡Joder!»

Fue en ese momento cuando me di cuenta de lo que, en realidad, estaba diciendo. Me iba, me alejaban de todo porque era tal el asco que me tenían que no querían tener que verme por la casa. Qué idiota era en ese momento. Es ahí cuando llegó la primera fase tras el discurso: la ira.

Sigo sin perdonarme el episodio de ira.

En ese momento de debilidad mental, solo quería romper cosas y ni siquiera me molesté en mirar lo que cogía. No fue hasta que la mano de mi madre tocó mi cara, que me di cuenta de lo que había hecho. No solo había tirado el vaso de whisky que mi padre tenía sobre la mesa contra la pared, sino que también, sin ver lo que cogía, había estrellado en el suelo las cenizas del abuelo Roger, el padre de mi madre. En ese momento, toda mi cabeza, mi mente, mis pensamientos… toda yo estaba cegada por la ira que habían creado la impotencia y frustración. Después del bofetón de mi madre que necesitaba y estaba pidiendo a gritos, me fijé en la urna en pedazos a mis pies. No pude evitar que saliese alguna lágrima. No tenía ningún derecho a hacer lo que hice. La impotencia por mi inminente futuro seguía presente y ahora estaba casi eclipsada por la frustración.

Afortunadamente, pudieron recoger lo que quedaba del abuelo, pero yo ya no estaba ahí para verlo. En cuanto me di cuenta, salí corriendo de allí: llegué a la fase de huida. En un principio, cuando llegué a mi cuarto, tras un buen portazo y con la mano de mi madre aún marcada en mi mejilla, pensé en largarme de casa. Con quince años, las cosas –como ya he dejado constancia- no se piensan con normalidad. En realidad, no se piensan en absoluto.

Por un momento, la ira, la frustración y el enfado fueron totalmente anulados por un sentimiento de culpa. Culpa por lo que había hecho con la urna de mi abuelo, culpa por cómo había hablado a mis padres… por favor, ¡ya no tenía diez años como para ir rabieta tras rabieta! Llegamos a la última fase: la sustitución, totalmente unida al llanto. Cambié el sentimiento de ira por la culpa y, después de la culpa, llegó la vergüenza. Ambos sentimientos se unieron en mí y lo único que pude hacer fue llorar.

Apenas dos días después estaba pisando el suelo de la academia. Con esa edad, prefería mil veces un internado que una academia militar. Pero ahí estaba: con quince años, la mochila del ejército de mi padre llena de ropa que sabía que no me iba a poner más que un par de veces, un enfado con el mundo, hormonas revueltas y rodeada, sobre todo, de chicos de mi edad también obligados a estar ahí dentro. Los primeros días fueron duros. Éramos veinte personas durmiendo en el mismo barracón, duchándonos en los mismos baños y más de trescientos cuando llegaba la hora de la comida. No había intimidad; no fue nada fácil. Tuve que aprender a ser uno más, ser igual que ellos. No paraban de aprovechar que fuese una chica para meterse conmigo, así que tuve que aprender a ser dura, a ser digna de su confianza, a ser un cadete más en la escuela. Tampoco ayudaba tener este apellido. Tenía claro que dentro de la marina, el ejército, los federales o cualquier cuerpo del estado, llevar conmigo el apellido Laforêt me iba a abrir muchas puertas, pero también pondría en duda todas mis capacidades.

Al principio, Yves Laforêt era una buena estudiante pero recatada. Completamente tímida y, podría decirse que, hasta miedosa. Al principio no me sentía cómoda allí dentro, tampoco conmigo misma y mucho menos con el mundo en general. Después de un tiempo, me di cuenta de que estar siempre en mi mundo y apenas relacionarme con la gente con la que iba a estar durante varios años, no me iba a servir de nada. Y desperté. Desperté e Yves Laforêt, la verdadera, despertó también. Y esa chica se convirtió en alguien extrovertido y sin ningún tipo de vergüenza, muy capaz en el combate cuerpo a cuerpo y en el tiro a distancia, la tarea del francotirador; era rápida, con perfecta coordinación mano-ojo y muy capaz. Era prácticamente la primera de la clase y eso dio mucho de qué hablar. Pero no me importó. En ese momento, aprendí que no importa lo que digan de ti porque las personas no somos lo que la gente dice de nosotros, sino que somos nuestros actos, nuestros principios, nuestra gente…

Después de llevar un año en la academia, ya con dieciséis, decidieron hacer dos semanas especiales de entrenamientos. Crearon dos semanas de competición: querían probar a sus alumnos, probar sus capacidades para el combate, su inteligencia, sus conocimientos… y enfrentarles con otras academias militares del país. Fue ahí donde lo conocí. Nunca supe su nombre, solo sé que lo llamaban Night. Era un chico excepcional. En ese momento, él tenía diecisiete, era muy inteligente, parecía no tener pulso cuando disparaba y tenía un ingenio especial para tácticas de combate, era muy avispado. No tardó mucho en averiguar quién era yo. Era más alto, con el pelo castaño y un poco largo, con flequillo hacia la derecha y una sensación de estar desordenado pero perfectamente colocado a la vez. Sus ojos fueron los que me perdieron. Parecía que podía ver el mar en ellos. Eran tan pacíficos como las aguas cristalinas del Mar del Caribe. Su piel era pálida, dejando más a la vista los principios de una barba. Tenía facciones definidas y, cuando lo vi la primera vez enfadado, me di cuenta de cuán temerosas podían parecer. Solo sé que, después de él, decidí que apareciese Blue Jay para dejar a Yves atrás. Fue él el que me enseñó que no podemos cambiar quienes somos, pero podemos decidir quién lo sabe.

En ese tiempo, nos enfrentamos varias veces, pocas de ellas me ganó. Desde el principio supe que vino a mí porque sabía quién era, pero no me importó, ya estaba acostumbrada. Me gustaba pasar tiempo con él: era dulce y gracioso, totalmente hermoso en su simplicidad. Nunca había pensado que alguien podría llegar a gustarme tanto en tan poco tiempo. Y ese poco tiempo fue lo que nos pasó. Esas dos semanas terminaron y con ellas nuestros “quizás”. Él volvía a su academia y yo a la mía. Sabía que ése iba a ser nuestro último día. Un día que nos dejaron para disfrutar tras las dos semanas en combate constante. Todas las pruebas parecían estar preparadas para enfrentarnos a una guerra. Sabía que nunca lo iba a volver a ver ya que para él era su último año y, nada más hiciese los dieciocho, se alistaría en el ejército. En ese momento, yo ya había decidido que lo mío, al igual que lo de mi padre, eran los aviones y que haría la carrera de aeronáutica. Aún seguiría cinco años más con ese adiestramiento.

Recuerdo perfectamente cómo lo acompañé hasta el autobús en el que todos habían llegado. El mío era el último. Vi cómo dejó su mochila en el maletero. Ambos íbamos uno al lado del otro pero no decíamos nada. Por mi mente solo pasaba una cosa pero tenía miedo, un miedo mayor a no volver a verlo, quizás al arrepentimiento. Él paró poco antes de entrar al autobús y me sonrió de la manera más dulce que jamás había visto. Sus ojos azules estaban adornados con una sombra que, perfectamente sabía, era pasajera: la pena, el adiós. Nunca nadie sobrevive al adiós de un amor. Mucho menos de aquel que, al menos para mí, estuvo pero no pudo ser.

-Espero algún día volver a verte, Night. De verdad lo espero –fueron mis palabras. –Sea donde sea que te envíen, no importa la misión que sea o el momento que sea, no te olvides de volver.

Fue ahí cuando lo supe: era un ahora o nunca. Y decidí que fuese ahora. Lo besé. Lo besé simplemente, con ternura. Lo estaba dejando ir, le estaba diciendo adiós y ni siquiera sabía si estaba bien. Me separé de él despacio, no quería mirarlo a los ojos. Pero una vez más, me atreví. La sombra de sus ojos se había desvanecido y ahora solo estaba él. Él, sus ojos y su sonrisa, mirando atento todos mis movimientos.

-Sé que volveré, Yves, ahora más que nunca –dijo. Y en ese momento, fue él quien se acercó. Él sabía mejor que yo lo que hacía y, con cuidado, pasó su mano por mi mejilla para acercarme a él y abrazarme de la cintura con la otra mano. Quería tenerme totalmente pegada a él. Y me besó. Y fue un momento tan intenso y tierno a la vez que aún, todavía hoy, lo siento. Yo lo besé de la mejor forma que supe porque sabía que en ese beso no solo iba mi adiós hacía él, sino también mi corazón. Se separó de mí y besó tiernamente mis labios de nuevo, de manera corta. Acto seguido, me sonrió. Me acercó de nuevo a él y me abrazó.

-El primer amor es para siempre, Yves, y nunca se olvida por más que pase el tiempo. –Recuerdo perfectamente todas y cada una de las palabras que susurró en mi oído antes de colocar en mi cuello un collar que solía llevar. Era una placa algo gruesa y redonda, con una cadena larga y que, en su frontal, llevaba escrita una frase: «It is what it is». Era simple pero significaba mucho: solo nosotros somos culpables de lo que nos ocurre, no podemos pretender echarle la culpa a un ‘otro’ para, así, lavar nuestra conciencia. No hice nada más cuando besó suavemente mis labios y después mi frente. Me quedé ahí. No quería mirar cómo se marchaba porque algo me decía que no iba a volver.

 

Después de ocho años, vuelvo a pensar en él. Después de la despedida, cada uno volvió a su academia y siguió con su vida. Quiero pensar que me buscó en su regreso, porque sé que volvió, eso es algo que ahora sé. Quizás no era el momento adecuado, no después de lo que hizo. Aún pienso en cómo desperdició el momento que teníamos, esa segunda oportunidad. Me mintió, no solo a mí sino a todo el equipo, nos traicionó, jugó una doble vida y se marchó sin mirar atrás. Había entrado en la CIA y se había infiltrado en nuestro equipo para encontrar a un topo que ni siquiera sabíamos que existía. Días después de que lo descubriese, me cercioré de quién era en realidad: Louis Night. No volvió como una vez prometió que haría, no hizo nada, nunca había sido el chico que conocí ocho años atrás. Siempre hubo algo en los ojos de Louis que me hacía recordar a Night. Claro que lo había descubierto y, probablemente, él también se dio cuenta de quién era yo, sobre todo al ver la placa en mi habitación, pero nunca dijo nada al respecto, siempre se mantuvo al margen. Eso es algo que no termino de entender: por mucho que Night nunca estuviese, todo con Louis parecía real, feliz como parecía no haber estado en mucho tiempo. Pero, como siempre, las burbujas tocan el suelo y se rompen, no pueden evitarlo al igual que él tampoco pudo.

Sufrí bastante cuando se fue esta segunda vez, eso no puedo –ni quiero- negarlo. Las cosas son como son y no hay manera de remediarlo ni necesidad de ocultarlo. Pero son momentos como estos en los que me pregunto por qué no me di cuenta antes. Todas las pruebas estaban ahí, todo había estado siempre ahí pero nunca me fijé, nunca le presté atención, nunca pensé que tendrían importancia. Ahora me doy cuenta de que, de todas las cosas, él siempre tuvo razón en algo: siempre hay que fijarse en los detalles. Los grandes casos siempre se resuelven por los detalles. Pero yo, incauta en el momento, decidí creer que todas las señales eran erróneas. Decidí creer que el destino ya tenía nuestros caminos enlazados y que los iba a mantener unidos. Decidí pensar que, solo por esa vez, el destino no jugaría conmigo como otras veces. Siempre me dijo que se había enamorado de mis alas, de mis ganas de comerme el mundo, pero se contradijo a sí mismo cuando intentó cortarlas. Las cortó. Me di cuenta de que, mientras estaba con él, me dejaba a mí misma, no me tenía en consideración. Parecía estar completamente ensimismada en él. Siempre era él. Esas alas están reapareciendo ahora que él ya se ha marchado pero tardarán un tiempo en sanar.

Miré de nuevo la fotografía entre mis manos. Aquella foto de carnet, de esas de fotomatón. Ése collage hecho entre cuatro fotografías enmarcado –aún- en una de las baldas de mi habitación. Quizás, que se haya caído de su sitio es otra señal, una que dice que ya es hora de que lo quite de ahí. Pero sigo sin poder porque es él. Siempre será él. Siempre miró atento todas mis fotografías, todas las veces que venía: puede que eso fuera otra señal, puede que, cada vez que las miraba, pensase en el momento adecuado para decirme adiós. El problema es que él nunca dijo adiós. Nos habíamos convertido en una película sin haberla si quiera visto. Había sido la actriz principal de una película que ni siquiera había vivido. Cuando la recogí del suelo no pude evitar pensar en lo poco que en realidad lo había conocido. Ahí estábamos: dos desconocidos abrazándose y sonriendo en mis manos, plastificados en un fondo blanco tamaño carnet. Ahora me doy cuenta de ello, nos habíamos convertido en eso: dos desconocidos sin ganas de volver a conocerse. Probablemente seguirá enmarcado en uno de mis muchos collages, enmarcado en el recuerdo de algo que fue y no terminó de cuajar.

-¿Estás bien?

Levanté la mirada para ver a Philip en el marco de la puerta. Le sonreí levemente, intentando evitar las ganas de volver a su casa, aunque solamente fuese a mirar la oscuridad en la que la noche y las sombras habían sometido a su alma, el vacío en su interior, totalmente provista de materia de recuerdos. Materia que ahora deambula olvidada.

-¿Quién es?

Philip observa la fotografía. Muchas veces la había visto antes, pero nunca me había visto mirándola tan detenidamente. Lo miré y la dejé en su sitio antes de coger el abrigo para marcharnos.

-No lo sé, nunca lo he conocido.

 

Él ya lo sabía, por supuesto que lo sabía, ella seguía siendo la misma. La había visto allí sentada, mirando tras el cristal con una taza humeante entre sus manos, una manta sobre sus hombros y un libro esperando sobre sus piernas; y, después de mucho tiempo, había vuelto a sentirse completo. Fue ahí cuando se preguntó, mientras se miraba al espejo, qué era lo que había cambiado en él como para hacer lo que estaba a punto de hacer. Negó aclarando su cabeza y, sin perder tiempo, cogió su maleta, volvió a mirarla una última vez, desordenada, perdida entre las sábanas y sonrió, muriéndose por dentro. No se permitió mirar atrás cuando cerró la puerta porque sabía que, si lo hacía, no podría volver a separarse de ella. Y se marchó, aún sabiendo que no se lo perdonaría jamás.

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-Olivia Mars.

Eleven Years Later

Como el propio título indica, han pasado 11 años. Once años desde que se emitió el último capítulo de la serie americana Will & Grace. No sé si conocéis esta serie, pero fue, sin duda alguna, una de las mejores series y que más me acompañaron desde que era pequeña.

Os explico: esta serie comenzó en septiembre de 1998 y, para que os hagáis idea del tipo de humor, podría decirse que se parece a Friends. Ambas son de la misma época, por tanto, no es raro esperar que sean similares. A diferencia de en Friends, en esta serie solo aparecen cuatro personajes principales: Will (Eric McCormack), Grace (Debra Messing), Jack (Sean Hayes) y Karen (Megan Mullally).

Esta comedia trata la vida de Grace, una atrevida y elegante diseñadora de interiores, y Will, un abogado muy cool. Ambos buscan el amor y están hechos el uno para el otro en todos los sentidos, pero hay un problema, él es gay. Sus vidas son algo complicadas y lo son aún más gracias a sus extravagantes amigos: Jack, vecino y amigo de Will, también gay pero mucho más afeminado (y espero con esto no ofender a nadie) que ha trabajado de todo y más, entre ellos camarero, actor, enfermero…; y Karen, la asistente personal de Grace que nunca trabaja. Karen es una mujer rica,  casada, alcohólica y consumidora habitual de diferentes drogas, sobre todo fármacos. La serie está ambientada en Nueva York, en el barrio de Upper West Side de Manhattan.

Esta serie, tiene galardones desde principio de los años 2000 y, desde entonces hasta su final en 2006, no paró de recibir reconocimientos, entre ellos Premios Emmy y Globos de Oro.

Aunque la serie tuvo un final bastante cerrado (que no voy a destripar por si alguno quiere empezarla), el estudio decidió que este año, 2017, sería el momento perfecto para que los personajes volvieran a reunirse y hacer por lo menos dos temporadas que se han confirmado.

Se me ocurrió escribir algo sobre Will & Grace porque, de pequeña, siempre me gustó, siempre la veía con mis padres. Tanto a ellos como a mí nos dio bastante pena que terminase, pero 8 temporadas parecían suficientes. Ahora, 11 años más tarde, y con una cabeza mejor amueblada para entender completamente todo lo que ocurre en la serie y no como me pasaba hace tantos años, Will & Grace ha vuelto. Y me enorgullece decir que he podido ver ya tres de los primeros capítulos que se han estrenado y… ¡no han cambiado!

¿No os ha pasado nunca eso de volver a hacer algo, ver algo, leer algo, y crees que ya no va a ser igual que la primera vez que lo hiciste? Yo tenía esa misma sensación con la serie. Tenía miedo de que se cargasen a los personajes con la copia barata de humor que parece que nos rodea hoy en día, pero me equivocaba: Will & Grace ha vuelto con la misma chispa, la misma gracia y el mismo humor de siempre, todo lo que los caracterizaba, y con 10 años más encima que, siendo sinceros, les quedan a todos divinos de la muerte.

Sinceramente, no soy de las personas que cuando ven una serie o una película se fijan si los personajes son heteros o homosexuales, blancos o negros, funcionales o disfuncionales… pero he de admitir que, Will & Grace, transmite tal sensación de igualdad que parece mentira para haber comenzado en el 98, pues parece que esa situación es la que podríamos encontrar ahora en nuestras sociedades. Esto no quiere decir que en ese momento no se ‘tomase en consideración’ a otro tipo de persona fuera de la ‘regla’ (blanco y heterosexual), no, pero me refiero a que hace veinte años (oh, Dios, qué vieja estoy), la situación de igualdad no estaba en el punto en el que se encuentra hoy, y es agradable ver que series del momento ya intentaban normalizar la situación.

Probablemente penséis el por qué de esta explicación un tanto innecesaria con respecto a este tema, pero eso es algo de lo que hablaré en otro momento.

Un besito a todos, ¡¡y a ver Will & Grace!!

-Olivia Mars.

Esta noche dime que me quieres.

Tengo que confesar que uno de mis libros favoritos es Esta noche dime que me quieres (l’uomo che non voleba amare), del escritor italiano Federico Moccia. El libro, publicado en 2012, cuenta la historia de Tancredi, uno de los hombres más ricos del mundo además de joven, apuesto y brillante, aunque negado a entregarse al amor; y la historia de Sofía, una gran pianista que decidió aparcar su carrera para cuidar a Andrea, su pareja que, tras una discusión, acabó en una silla de ruedas. Ellos dos son completamente diferentes y opuestos, pero será la lluvia la que los una a ambos.9788408109389.jpg

Este libro, tuve el placer de analizarlo más a fondo para un trabajo de teoría crítica en la universidad y admito que me encantó aún más. Antes de empezar el trabajo, me decanté si hacerlo o no por si llegaba a cogerle asco, pero después de terminarlo, me he dado cuenta de que no hay forma humana en la que yo pueda odiar algo de este libro. Probablemente, no haya forma humana en la que yo pueda odiar algo de Federico Moccia como escritor.

En el trabajo, no me dediqué a analizar la trama de la historia, los personajes, tiempos o personas en las que se había escrito, tampoco pensé cómo podía haberlo hecho. Esta vez, quise centrarme en el significado de lo que Moccia escribió, en pensar por qué escribió lo que escribió, o incluso la relación socio-económica y política que el libro puede tener con la actualidad. Como indicaciones nos dijeron: buscad tres palabras en esta página web específica y, junto con su significado, buscad su relación o presencia en la obra. Todo el mundo escogió cosas típicas como la persona, los personajes, el tiempo, el espacio… pero con este libro quería hacer algo distinto. Y lo conseguí. Escogí tres palabras: mediación, hegemonía e influencia, relacionada a su vez con la manipulación.

«El texto nos enseña lo que se puede llegar a hacer por alguien a quien se quiere, hasta el punto de engañarlo. Podría entrar aquí el tema de la moralidad o la ética, porque, en realidad, se es dicho que ‘quien te quiere, no te hace daño’ y está claro que, aunque ella crea que acepta por una buena causa, la realidad es que está siéndole infiel a su marido por una cuantiosa suma de dinero.» -Mars, Olivia. 2016.

Podemos analizar la presión a la que es sometida la protagonista y cómo se ejerce una hegemonía de poder sobre ella y, más adelante, cómo se puede ejercer la influencia en las personas y la delgada línea que separa esa influencia y la manipulación.

Con todo esto, os recomiendo que lo leáis. Primero tomaos el tiempo necesario para leerlo sin prisa, ya veréis que se lee rápidamente. Después, os recomiendo que lo leáis más detenidamente fijándoos bien en lo que está escrito y qué quieren decir las cosas, o quizás lo que cada uno de vosotros creéis que entendéis al leerlo. Es un buen libro, no perderéis el tiempo. Si lo que os gustan son los libros románticos, este podría ser vuestro libro, y, si no os gustan, no os preocupéis, merece la pena, no es una pastelada de las de siempre.

Mi mejor amiga, sabía de mi amor por Federico Moccia y, antes de leer nada, me preguntó: ¿qué libro me recomendarías? No dudé ni un momento y respondí con este título en concreto. Cuando terminó el libro, un par de días después, me contó cómo le había ido y, la verdad, me sentí reconfortada por ello:

Cuánta razón tenías con este libro. Es precioso. Al principio pensé que sería alguna novela romanticona de estas que te gustan a ti, pero, según iba leyendo, me di cuenta de que no sólo era cuestión de novela romántica, sino que era cuestión de lecciones de vida. Esta historia, aunque ficticia, podría ayudar a mucha gente. Dejemos de lado el hecho del millonetis que quiere comprarla, centrémonos en la historia de él y la historia de ella por separado: es oro puro. Me ha dado mucho que pensar sobre muchas cosas de mi vida, el destino y el papel que jugamos nosotros en él. Gracias por recomendármelo. Es genial: «Cada vez que conoces a alguien tu vida cambia, y tanto si te gusta como si no, nosotros nos hemos encontrado; yo he entrado en tu vida y tú en la mía.» Tú y yo somos esto, esto es nosotras. 

 

Os dejo aquí algunas de las citas que, según iba leyendo, llamaron mi atención. Espero que os animéis a leerlo.

«¿No podría tratarse de una señal del destino? De algo que nos haga reflexionar a los dos. Quizá nuestras vidas no vayan bien y debamos volver a empezar desde aquí, desde hoy…»

«Eres culpable, Sofía, no porque hayas renunciado a la música, sino porque has renunciado a la vida.»

«Y, sin embargo, en un momento, stop. Aquel barco había encallado, y con tanta fuerza, a tanta velocidad, que era imposible sacarlo de la arena. No iba ni hacia delante ni hacia atrás: al igual que su vida, estaba inmovilizado. Era como un arma que dispara mal.»

«Ahí lo tienes, es un mundo de apariencias… Todos parecen buenos, honestos, tranquilos, sinceros. Y quién sabe cuántos de ellos habrán sido infieles, habrán robado, habrán hecho daño a alguien, habrán causado algún sufrimiento… Y fingen ser felices.»

«-¿Qué les das? -Tancredi se volvió hacia él y sonrió.

-Nada, o quizás todo.»

«Quizás te estuvieras cansando de la felicidad. Cuando vuelvas a encontrarla, sabrás apreciarla.»

«Cada vez que conoces a alguien tu vida cambia, y tanto si te gusta como si no, nosotros nos hemos encontrado; yo he entrado en tu vida y tú en la mía.»

¿Pesimismo o Realidad?

Cuando a una mujer le preguntan qué es el amor, probablemente se imagina una historia cargada de emociones digna de contar en cualquier novela romántica, aunque, seguramente, sepa que no existe tal historia. Si a mí me preguntasen qué es el amor, casi seguro, diría que un sueño.

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Un amor como el de Romeo y Julieta cargado de pasión con el que sueña toda chica enamoradiza no es más que un bonito sueño con un trágico final. Supongo que todas querríamos que nuestro príncipe particular diera la vida por nosotras si fuera necesario. Pero hay algo que se nos olvida siempre: la pareja solo vivió su amor durante tres días y, el último, tuvo más muertos que un capítulo de Juego de Tronos.

No podemos esperar que se nos presente un príncipe delante de nuestra puerta esperando a ser invitado a pasar porque, según los últimos rumores, si es demasiado guapo y espera a que lo invites a entrar, estarías lidiando con un vampiro. Y todos sabemos que la guerra entre los Cullen y los Vulturis no es algo fácil con lo que lidiar. Mucho menos los continuos problemas de los Salvatore con los Michaelson.Ripper-gif-klaus-21994585-500-255

 

Últimamente, parece que las historias románticas están a la orden del día y no lo culpo, a mí también me gustan, pero parece que lo que se lleva ahora es que aparezca en tu vida un chico malo al que vas a conseguir cambiar porque todo el mundo cambia. Mentira. Ni se te va a aparecer un chico malo, ni vas a poder cambiarlo.

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Se lleva lo complicado, lo poco convencional como los chicos malos y las niñas buenas, las chicas malas y los niños buenos, las finas líneas entre el amor y el odio, los formales empresarios con tímidas estudiantes… Todos ellos parecían poco convencionales hasta que empezaron a repetirse los patrones.

 

Todas queremos que la persona que llegue a nuestro portal venga con ugiphyn ramo de rosas -porque los bombones engordan y luego dan ataques de conciencia-, queremos sentirnos especiales, dar envidia al resto de vecinas. Pero debemos despertar de esos sueños para darnos cuenta de que el amor no existe más que en los libros de novela rosa y que la magia no es más que un efecto óptico al alcance de unos pocos.

 

Nadie dice que no quieras a tu pareja, o que no lo hayas querido, claro que se quiere. Pero ese amor es uno y el amor de película es otro. Cuando te preguntan por el amor, todos nos vamos a la definición de Hollywood, o quizás a la que dio Shakespeare, pero, a la hora de llevarlo a la práctica, todos nos quedamos con lo que hay. Nos conformamos. Por eso, si me preguntasen, diría que el amor es un sueño.

Sería totalmente un sueño que las parejas fuesen tal como las novelas relatan, que se viesen tal como las graban las cámaras, porque ahí no hay fallo, ¿verdad? Todos son perfectamente hermosos, tienen unas vidas, aunque normales, increíbles que atraen a la otra persona. Su amor siempre va creciendo y, como siempre, terminan en una mesa “comiendo perdices” mientras “fueron felices”. Me gustaría ver un libro que hablase de la gente normal, de aquellos que se gustan a primera vista pero nunca vuelven a verse –porque estas cosas pasan-, aquellos que se traban al hablar, que tropiezan, que no encajan… me gustaría ver cómo dos personas que se conocen y se odian siguen odiándose hasta el fin de sus días o sin rencores, cómo triunfa una cita en la que deciden por ambas partes, o solo por una, no volverse a ver y tampoco volverse a encontrar por arte de magia –porque eso no ocurre.

Hollywood está muy bien, tiene muchas playas y palmeras, pero en lo que concierne al amor… debería salir más de esas fronteras para ver que por la calle no te encuentras a algún famosogiphy (1) y repentinamente tomas un café con él y encima intercambiáis números –básicamente porque ahora se intercambian Whatsapps- como si él no fuese Leonardo di Caprio y tú no fueses una completa desconocida que conoció diez minutos atrás y en la que confía ciegamente. No consigues un cuerpo escultural en un par de meses y enamorar a la vez a aquel chico superficial porque, en realidad, los musculitos están bien a la vista –no hay por qué negarlo- pero, en cuanto abren la boca –por regla general (con alguna excepción)-, es mejor ponerse tapones en los oídos.

Hazte a la idea de que hace ya cuatrocientos años de aquella pareja en Verona, que las cosas han cambiado desde entonces. Nadie se va a retar, ni mucho menos luchar a muerte. De nada sirve ahora cuántos millones tenga el Sr. Grey en su cuenta porque, ya solo la palabra ‘cuerda’, te echa atrás. No importa cuántos Chuck Bass se te pongan por delante porque la prepotencia se paga en la primera impresión. Y da igual cuántos Dr. Shepherd te atiendan en Urgencias porque, al final del día, Romeo y Julieta estarán igual de muertos y del resto de personajes ya se habrá encargado algún Salvatore de turno.

Todo empieza y todo acaba siempre de la misma manera. Al final del día, nada de lo que vives se llega a parecer a las superproducciones, ni a las novelas, ni a las canciones de John Legend. La vida no es tan fácil. Hay que despertar. Y ten por seguro que, cuando veas por la calle a algún extraño que te guste, y crucéis miradas, y os sonriáis como completos idiotas; ten por seguro entonces que no os volveréis a ver.

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Terminará el día y, cuando despiertes de ese sueño bonito y sin fallos, un Homer Simpson  probablemente esté a la busca de un nuevo amor. Pero no creo que la cerveza se vaya a mover muy lejos…

 

-xoxo, Olivia Mars.